Mostrando entradas con la etiqueta Autoconocimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Autoconocimiento. Mostrar todas las entradas
La autoconciencia emocional
La autoconciencia emocional es la conciencia de los propios estados internos, recursos e intuiciones.
Es reconocer las propias emociones y los efectos que éstas tienen sobre nuestro estado físico, comportamiento y pensamiento.
El día que decidí observar el cielo
Hace algunos años, un día como cualquier otro, regresaba de mi trabajo. Estaba algo cansado y aturdido. Venía pensando en algunos labores que quedaron pendientes y
en las cuentas que debía pagar al día siguiente. Mi administración era pésima y mis ingresos escuetos. Hacía algunos meses que me había separado y mi mente repetitiva y tóxica dominaba todo mi espectro.
Estoy aprendiendo
Estoy aprendiendo a aceptar a las personas,
aun cuando ellas me decepcionan.
Cuando huyen del ideal que tengo de ellas.
cuando me hieren con palabras o acciones
no pensadas.
Es difícil aceptar a las personas como
son, no como yo deseo que ellas sean.
El autocontrol nos hace libre
Aunque nos llevemos unos cuantos años de edad con los estudiantes de preescolar que usó Mischel en sus estudios en los años 70, a menudo no nos comportamos de manera muy distinta a ellos. A estos pequeños, los hicieron sentar ante una mesa encima de la cual habían sido colocados objetos muy atractivos para ellos, como por ejemplo golosinas. El responsable del experimento les decía algo así: “Yo voy a salir de la sala durante unos minutos para hacer unas gestiones. Aquí tienes estos caramelos. Puedes comértelos si quieres mientras yo no esté, pero si te esperas a que vuelva, cuando regrese te daré este paquete y dos más igual de grandes para ti solo.” Observó el autor como algunos de los niños eran capaces de “resistir a la tentación” y acababan ganando su dosis triplicada de golosinas, mientras que otros devoraban rápidamente los dulces, aún sabiendo que esto les imposibilitaría conseguir un premio mayor a la larga.
La habilidad que se pretendía medir con estos experimentos es el autocontrol o, lo que es lo mismo, la capacidad para demorar la gratificación a corto plazo con el objetivo de conseguir resultados más deseables y agradables a la larga. Muchos adultos sufren en su día a día grandes dificultades a la hora de lograr los objetivos vitales que se proponen, debido a un déficit en sus conductas de autocontrol. Acabar una carrera universitaria o cualquier tipo de estudios, cumplir una dieta para adelgazar, educar adecuadamente a nuestros hijos, dejar de fumar, ahorrar para poder hacer el viaje de nuestros sueños o para cualquier otra cosa que nos haga ilusión, o lograr poner fin a una discusión que sabemos que no lleva a ninguna parte, son algunas de las tareas para las que el autocontrol es una pieza clave.
Tradicionalmente, esta habilidad se ha identificado con la “fuerza de voluntad”. Este término, aunque puede ayudarnos a comprender mejor el concepto, tiene el inconveniente de que lo solemos asociar a algo innato, que algunas personas tienen y otras no, y que por lo tanto no se puede entrenar ni mejorar. A veces ocurre que las personas, al comprobar como en más de una ocasión no han logrado alcanzar los objetivos que se habían propuesto, concluyen que “no tienen fuerza de voluntad” y que por tanto no pueden hacer nada más que resignarse y renunciar a sus objetivos. La buena noticia ante esta situación, es que estas creencias son totalmente erróneas, ya que el autocontrol es una conducta aprendida y entrenable, de manera que todos podemos poner en marcha estrategias para aumentarla y utilizarla para hacer realidad nuestros sueños.
El primer paso para cultivar nuestro autocontrol es comprender cómo funciona este proceso y porqué nos resulta a veces tan difícil ponerlo en marcha. La motivación o energía que movilizamos a la hora llevar a cabo nuestros propósitos depende en gran medida de dos factores: la valoración que hacemos de los resultados que esperamos obtener de nuestras acciones, y la cantidad de esfuerzo que nos supone llevarlas a cabo. Así, nos resultará mucho más fácil implicarnos en actividades que nos reporten mucha satisfacción y en las que debamos invertir poca energía, mientras que no nos motivarán en absoluto aquellas que requieran mucho esfuerzo y de las que pensemos obtener muy pocos beneficios. Existe, sin embargo, un tercer tipo de objetivos que suelen plantearnos serias dificultades: aquellos que requieren mucho esfuerzo por nuestra parte, pero el resultado de los cuales nos resulta tremendamente atractivo. Ante este tipo de hazañas, el autocontrol resulta un aliado esencial.
Para conseguir adaptar nuestra conducta a la consecución de nuestros propósitos, tenemos que empezar por conocerla bien. Una manera sencilla y útil de hacerlo es observar y registrar cuál es nuestra forma de actuar en el presente. Si, por ejemplo, nos propusiéramos dejar de fumar, podríamos anotar en una libreta durante unas 2 semanas el número de cigarrillos consumidos cada día, así como las horas del día en que lo hacemos. Este simple paso es tremendamente importante, ya que nos permite conocer nuestros hábitos de forma concreta y fiable.
Una vez estamos al corriente de cuál es nuestro punto de partida, debemos establecer el objetivo final que deseamos, así como los pasos intermedios necesarios para lograrlo. Estos pasos deben estar bien definidos especificando la acción concreta que se debe hacer y el momento en que se debe realizar, de manera que se pueda evaluar objetivamente si se han ejecutado correctamente o no. Por ejemplo, “fumar cada semana un cigarrillo menos al día que la semana anterior” sería preferible a “poco a poco ir fumando cada vez menos”.
Una vez elaborada esta hoja de ruta, debemos encontrar la manera de ayudarnos a nosotros mismos a cumplirla. Un sencillo método para lograrlo es el propuesto por Kanfer, mediante los 3 siguientes pasos: auto-observación, auto-evaluación y auto-refuerzo. Realizar estas tres tareas con cada uno de los pequeños pasos que nos hayamos propuesto, nos ayudará a ser perseverantes y a auto-motivarnos para seguir trabajando día a día en pro de nuestras metas.
La auto-observación consiste en fijarnos (y si es posible anotar en un papel) el grado en que efectuamos el comportamiento que queremos modificar. Siguiendo con el ejemplo de dejar de fumar, consistiría en anotar el número de cigarrillos que fumamos cada día.
El siguiente paso es la auto-evaluación. Se trata de comparar nuestra conducta, con el objetivo que nos habíamos propuesto. En nuestro ejemplo, consistiría en ver si el número de cigarrillos fumados ese día ha superado o no el máximo que nos habíamos marcado.
Por último, una vez hecha la valoración, debemos proporcionarnos a nosotros mismos consecuencias más o menos agradables en función de si hemos logrado o no nuestro sub-objetivo. Estos premios deben ser pensados y anotados de antemano, para poder tenerlos claros llegado el momento. Se trata simplemente de buscar pequeños incentivos que nos hagan más ameno el esfuerzo y nos vayan animando y motivando para no tirar la toalla antes de lograr la meta final. Cada uno debe buscar pequeños premios que le resulten valiosos y prácticos, de manera que sea agradable conseguirlos y desagradable no hacerlo. Siguiendo con nuestro ejemplo, podríamos premiarnos con una actividad agradable cada fin de semana (ir al cine, a cenar, o de excursión...) si hemos logrado acabar la semana sin pasarnos ningún día del límite de cigarrillos diarios. Es muy importante que estos refuerzos sean frecuentes y temporalmente próximos a las buenas actuaciones, ya que si los demoramos demasiado pierden considerablemente su efecto. También resulta crucial que supeditemos estas actividades agradables a la consecución de cada objetivo, ya que si nos premiamos sin haber cumplido con nuestras metas entraremos en un auto-engaño que de nada nos servirá. Por ejemplo, si el miércoles fumé más de la cuenta el sábado no debo ir al teatro por mucho que me apetezca, sino que debo concentrarme en hacerlo bien en los próximos días para poder darme el gusto el fin de semana siguiente.
Lamentablemente, el autocontrol es visto a menudo como la antítesis de la libertad, como si implicara algo así como “vivir reprimido”. La visión negativa de esta habilidad personal es totalmente errónea, ya que cuando uno se autocontrola decide, libremente, renunciar a cierto bienestar inmediato para conseguir algo que valora más a largo plazo. Cuando esta decisión no es voluntaria y viene impuesta desde fuera, simplemente ya no se trata de una conducta auto-controlada.
Ser realmente libre implica actuar en cada momento de la manera en que uno elige y no según lo que le dictan la pereza o los impulsos pasajeros (a no ser, claro está, que uno decida complacerlos, cosa que tampoco es negativo hacer de vez en cuando).
La habilidad que se pretendía medir con estos experimentos es el autocontrol o, lo que es lo mismo, la capacidad para demorar la gratificación a corto plazo con el objetivo de conseguir resultados más deseables y agradables a la larga. Muchos adultos sufren en su día a día grandes dificultades a la hora de lograr los objetivos vitales que se proponen, debido a un déficit en sus conductas de autocontrol. Acabar una carrera universitaria o cualquier tipo de estudios, cumplir una dieta para adelgazar, educar adecuadamente a nuestros hijos, dejar de fumar, ahorrar para poder hacer el viaje de nuestros sueños o para cualquier otra cosa que nos haga ilusión, o lograr poner fin a una discusión que sabemos que no lleva a ninguna parte, son algunas de las tareas para las que el autocontrol es una pieza clave.
Tradicionalmente, esta habilidad se ha identificado con la “fuerza de voluntad”. Este término, aunque puede ayudarnos a comprender mejor el concepto, tiene el inconveniente de que lo solemos asociar a algo innato, que algunas personas tienen y otras no, y que por lo tanto no se puede entrenar ni mejorar. A veces ocurre que las personas, al comprobar como en más de una ocasión no han logrado alcanzar los objetivos que se habían propuesto, concluyen que “no tienen fuerza de voluntad” y que por tanto no pueden hacer nada más que resignarse y renunciar a sus objetivos. La buena noticia ante esta situación, es que estas creencias son totalmente erróneas, ya que el autocontrol es una conducta aprendida y entrenable, de manera que todos podemos poner en marcha estrategias para aumentarla y utilizarla para hacer realidad nuestros sueños.
El primer paso para cultivar nuestro autocontrol es comprender cómo funciona este proceso y porqué nos resulta a veces tan difícil ponerlo en marcha. La motivación o energía que movilizamos a la hora llevar a cabo nuestros propósitos depende en gran medida de dos factores: la valoración que hacemos de los resultados que esperamos obtener de nuestras acciones, y la cantidad de esfuerzo que nos supone llevarlas a cabo. Así, nos resultará mucho más fácil implicarnos en actividades que nos reporten mucha satisfacción y en las que debamos invertir poca energía, mientras que no nos motivarán en absoluto aquellas que requieran mucho esfuerzo y de las que pensemos obtener muy pocos beneficios. Existe, sin embargo, un tercer tipo de objetivos que suelen plantearnos serias dificultades: aquellos que requieren mucho esfuerzo por nuestra parte, pero el resultado de los cuales nos resulta tremendamente atractivo. Ante este tipo de hazañas, el autocontrol resulta un aliado esencial.
Para conseguir adaptar nuestra conducta a la consecución de nuestros propósitos, tenemos que empezar por conocerla bien. Una manera sencilla y útil de hacerlo es observar y registrar cuál es nuestra forma de actuar en el presente. Si, por ejemplo, nos propusiéramos dejar de fumar, podríamos anotar en una libreta durante unas 2 semanas el número de cigarrillos consumidos cada día, así como las horas del día en que lo hacemos. Este simple paso es tremendamente importante, ya que nos permite conocer nuestros hábitos de forma concreta y fiable.
Una vez estamos al corriente de cuál es nuestro punto de partida, debemos establecer el objetivo final que deseamos, así como los pasos intermedios necesarios para lograrlo. Estos pasos deben estar bien definidos especificando la acción concreta que se debe hacer y el momento en que se debe realizar, de manera que se pueda evaluar objetivamente si se han ejecutado correctamente o no. Por ejemplo, “fumar cada semana un cigarrillo menos al día que la semana anterior” sería preferible a “poco a poco ir fumando cada vez menos”.
Una vez elaborada esta hoja de ruta, debemos encontrar la manera de ayudarnos a nosotros mismos a cumplirla. Un sencillo método para lograrlo es el propuesto por Kanfer, mediante los 3 siguientes pasos: auto-observación, auto-evaluación y auto-refuerzo. Realizar estas tres tareas con cada uno de los pequeños pasos que nos hayamos propuesto, nos ayudará a ser perseverantes y a auto-motivarnos para seguir trabajando día a día en pro de nuestras metas.
La auto-observación consiste en fijarnos (y si es posible anotar en un papel) el grado en que efectuamos el comportamiento que queremos modificar. Siguiendo con el ejemplo de dejar de fumar, consistiría en anotar el número de cigarrillos que fumamos cada día.
El siguiente paso es la auto-evaluación. Se trata de comparar nuestra conducta, con el objetivo que nos habíamos propuesto. En nuestro ejemplo, consistiría en ver si el número de cigarrillos fumados ese día ha superado o no el máximo que nos habíamos marcado.
Por último, una vez hecha la valoración, debemos proporcionarnos a nosotros mismos consecuencias más o menos agradables en función de si hemos logrado o no nuestro sub-objetivo. Estos premios deben ser pensados y anotados de antemano, para poder tenerlos claros llegado el momento. Se trata simplemente de buscar pequeños incentivos que nos hagan más ameno el esfuerzo y nos vayan animando y motivando para no tirar la toalla antes de lograr la meta final. Cada uno debe buscar pequeños premios que le resulten valiosos y prácticos, de manera que sea agradable conseguirlos y desagradable no hacerlo. Siguiendo con nuestro ejemplo, podríamos premiarnos con una actividad agradable cada fin de semana (ir al cine, a cenar, o de excursión...) si hemos logrado acabar la semana sin pasarnos ningún día del límite de cigarrillos diarios. Es muy importante que estos refuerzos sean frecuentes y temporalmente próximos a las buenas actuaciones, ya que si los demoramos demasiado pierden considerablemente su efecto. También resulta crucial que supeditemos estas actividades agradables a la consecución de cada objetivo, ya que si nos premiamos sin haber cumplido con nuestras metas entraremos en un auto-engaño que de nada nos servirá. Por ejemplo, si el miércoles fumé más de la cuenta el sábado no debo ir al teatro por mucho que me apetezca, sino que debo concentrarme en hacerlo bien en los próximos días para poder darme el gusto el fin de semana siguiente.
Lamentablemente, el autocontrol es visto a menudo como la antítesis de la libertad, como si implicara algo así como “vivir reprimido”. La visión negativa de esta habilidad personal es totalmente errónea, ya que cuando uno se autocontrola decide, libremente, renunciar a cierto bienestar inmediato para conseguir algo que valora más a largo plazo. Cuando esta decisión no es voluntaria y viene impuesta desde fuera, simplemente ya no se trata de una conducta auto-controlada.
Ser realmente libre implica actuar en cada momento de la manera en que uno elige y no según lo que le dictan la pereza o los impulsos pasajeros (a no ser, claro está, que uno decida complacerlos, cosa que tampoco es negativo hacer de vez en cuando).
Psicóloga Vanessa Narváez Peralta
Debes verte primero a ti mismo como estimable para luego ver al otro como tal...

Esta es la divina dicotomía. Este es el círculo perfecto. Así, no constituye una enseñanza tan radical afirmar: “Bienaventurados los que se centran en Sí mismos, porque ellos conocerán a Dios”. Puede que no sea un mal objetivo en tu vida conocer la parte más elevada de Ti mismo, y permanecer centrado en ella.
Tu primera relación, pues, debe ser contigo mismo. Debes aprender primero a honrarte, cuidarte y amarte a Ti mismo. Debes verte primero a Ti mismo como estimable para poder ver al otro como tal. Debes verte primero a Ti mismo como bienaventurado para poder ver al otro como tal. Debes verte primero a Ti mismo como santo para poder reconocer la santidad en el otro.
Céntrate ahora y siempre en Ti mismo. Preocúpate de observar lo que tú eres, haces y tienes en un momento dado, y no cómo les va a los demás.
Hay una serie de cosas que puedes hacer cuando reaccionas con dolor ante lo que la otra persona es, dice o hace. La primera es admitir con franqueza lo que sientes exactamente, tanto a ti mismo como a la otra persona. Muchos de nosotros tenemos miedo de hacer esto, pues pensmos que va a “quedar mal”. Sólo hay una cosa que puedes hacer al respecto. Debes honrar tus sentimientos, puesto que honrar tus sentimientos significa honrarte a Ti mismo. Y debes amar a tu prójimo como a ti mismo. ¿Cómo puedes aspirar a entender y honrar los sentimientos de otra persona si no puedes honrar los que albergas en tu interior?
La primera pregunta en cualquier proceso de interacción con otra persona es: ¿Quién Soy, y Quién Quiero Ser, en relación con ello?.
Si nuestro primer sentimiento es negativo, el hecho de tener dicho sentimiento a menudo es suficiente para desecharlo ya que “no forma parte de Quienes Quieres Ser”.
Supondré, a efectos de nuestro análisis, que de momento estás en la obra del alma. Estás todavía tratando de realizar (de hacer “real”) Quien Realmente Eres. La vida (Yo) te dará abundantes oportunidades para crearlo (recuerda que la vida no es un proceso de descubrimiento, sino un proceso de creación).
Puedes crear a Quién Realmente Eres una y otra vez. En realidad, lo estás haciendo; cada día. Sin embargo, actualmente no siempre responderás de la misma manera. Frente a una experiencia externa idéntica, puede que un día decidas ser paciente, amable y cariñoso en relación a ella; y otro día puede que decidas enfadarte, ser desagradable y estar triste.
El Maestro es aquel que siempre responde de la misma manera; y esa manera es siempre la opción más elevada.
Pautas para vencer la Timidez

En situaciones embarazosas, incómodas o injustas, cuando a la hora de hablar se vacila, no se sabe cómo actuar o hablar y se utilizan palabras o posturas "comodín" y además, se acompañan con palabras y frases como: “quizás”, “supongo”, “bueno….tal vez”, “no, si yo…no”, “¡bah!… tranquilo,…no es tan importante”. Y también, muletillas que no dicen nada: “ejem”, “eh”, “umm”…
Se pueden modificar estas respuestas inadecuadas utilizando frases que incluyan las palabras:“deseo que…”, “opino que….”, “quisiera que…”, de forma directa y firme. Respecto a la comunicación no verbal:si retuerce las manos, hunde la cabeza entre los hombros, tiende a alejarse de las personas y, además, no suele mirar a los ojos (una mirada breve puede interpretarse como falta de seguridad en uno mismo y poca astucia, reduciendo la credibilidad) , usted transmite inseguridad.
Gestos que transmiten seguridad
Mantener la cabeza alta y mirar a los ojos de las personas.
Relajar tus músculos y realizar movimientos pausados.
Mantener un espacio adecuado al hablar con la gente (ni demasiado lejos, ni demasiado cerca: si se trata de una relación personal se aconsejan 45-120 cm y si es social 120-365 cm).
Los derechos en la comunicación
No de explicaciones de sus conductas u opiniones.
Puede fallar
Tiene derecho a rectificar.
Puede decir “no”.
Tiene derecho a decidir por sí mismo sin seguir los consejos de los demás.
Puede quejarse por un trato injusto.
Puede solicitar apoyo.
Tiene derecho a expresar sus emociones.
Puede tener sus propias ideas o creencias.
Debe exigir sus derechos.
Establezca su posición o lo que quiera con claridad. Elija por sí mismo y no dependa siempre de lo que digan los demás. Por último, vigile su autoestima. Tener confianza es la mejor vacuna para muchos males y más, para aquellos que implican hacer frente a situaciones embarazosas o que ponen en peligro las relaciones. Empiece a ensayar sus conductas eficaces en diferentes situaciones. Recuerde que un estilo no se adquiere de un día para otro.
¿Cómo escuchar mi voz interior?

1.Disponibilidad: Dispon de tiempo para escucharte. Hay que poner Voluntad para hacerlo.
2.Silencio. Mantén silencio y deja que el murmullo de pensamientos se disipen y aquieta la mente. Focalízate en un punto de luz, practica este ejercicio hasta que poner la mente en blanco, se transforme en parte de tu naturaleza.
3.Escucha tu sentir. Descubre como los sonidos te hablan a través de tus sentimientos y tus emociones. Deja que el corazón emita su VOZ desde tu Interior y tu escúchalo con amor.
4.Siente Descubre el mensaje en el sentir. Interpreta los sentimientos que fluyen en las emociones que acompañan a tu voz interior. Descubre el lenguaje senzar del Amor y abraza todo tu sentir.
5.Alerta. Mantente atento porque tu voz interna te habla de muchas maneras. Puede ser a través de un mensaje en un libro que leas, a través de un amigo, de una canción o de una simple oración escrita en carteles.
Sabe que de mil maneras se manifiesta y por eso debes estar siempre en alerta.
Confía en Tí Mismo!

Necesitamos creer en nosotros mismos y en el poder que está adentro nuestro. Para acceder a él, debemos renunciar a muchas creencias, opiniones y juicios sobre nosotros mismos para querernos y aceptarnos tal cual somos. Sé que esto no es algo fácil. Ni siquiera sabemos conscientemente cuáles son las creencias que nos están afectando, pero no es necesario conocerlas, sino dar permiso para que se vayan.
Cuando uno cree en sí mismo y se ama incondicionalmente, se vuelve invencible. La gente percibe esta cualidad. No es necesario hablar ni decir nada. Cuando uno confía en sí mismo, cierta gente empieza a alejarse mientras que otra se acerca trayendo las oportunidades que uno anhela. El secreto está en aceptarse tal cual uno es y dejar de creer que uno no es bueno, que no es lo suficientemente inteligente, capaz o digno o que primero necesita obtener el título universitario. Sólo nosotros podemos cambiar lo que creemos de nosotros mismos.
Lo más importante es ponerse en primer lugar para dejar de ser esa persona que los otros quieren que uno sea. Es preciso despertar y entender que el poder está adentro nuestro y no en la aprobación de los demás. Cuando uno tiene fe en sí mismo, automáticamente empiezan a crecer sus talentos interiores y se empieza a sentir feliz. La fe tiene que ver con la capacidad de amar y disfrutar la vida.
Nuestra vida transcurre en nuestra propia mente. La guerra está en nuestra cabeza y sólo nosotros podemos devolvernos la paz. Es preciso recordar que en cierto sentido siempre tenemos razón. Si decimos que podemos, podemos. Si decimos que no podemos, así es, no podemos.
Estamos aquí para vivir, disfrutar la vida y ser felices. La fe en nosotros mismos nos da la libertad de ser auténticos, y esto a su vez engendra la felicidad que tanto anhelamos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


